Mi madre era pequeñita como la menta o la hierba; apenas echaba sombra sobre las cosas, apenas, y la tierra la quería por sentírsela ligera o porque le sonreía en la dicha y en la pena. Los niños se la querían y los viejos y la hierba; y la luz que ama la gracia, y la busca y la corteja. Y cuando es que viene y llega una voz que lejos canta, perdidamente la sigo, y camino sin hallarla. No me retiene la tierra ni el mar que como tú cantas; no me sujetan auroras ni crepúsculos que fallan. Estoy sola con la noche, la osa mayor, la balanza, y aunque tú no me respondes todo esta noche es palabra.